Manuel Miranda / Canarias Decolonial

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En el periodismo económico contemporáneo, existe una tendencia a sacralizar el dato cuantitativo como si fuera un hecho objetivo carente de ideología. Numerosos artículos analizados contienen con una avalancha de cifras: millones de turistas, porcentajes de incremento de gasto y récords de ocupación. Este enfoque constituye un sesgo de encuadre (framing) que establece la «salud» de la sociedad canaria basándose exclusivamente en el flujo de caja del sector servicios. Al priorizar el PIB turístico sobre indicadores de bienestar social (como el acceso a la vivienda, la salud mental de los trabajadores o la pérdida de biodiversidad), el texto condiciona al lector a ver cualquier crítica como un «ataque a la prosperidad». Desde el pensamiento decolonial, esto es una forma de invisibilización: se oculta que el «éxito» del macro-indicador depende directamente del «fracaso» del micro-indicador (la calidad de vida de la ciudadanía canaria). El dato no es neutral; es una herramienta de poder que valida la continuidad de un modelo agotado.
La Colonialidad del Territorio: Canarias como «Zona de Sacrificio»
La colonialidad del territorio se refiere a la gestión del espacio geográfico como un recurso puramente extractivo. El pensamiento decolonial, a través de autores como Arturo Escobar, nos enseña que el capitalismo global trata a las periferias como «Zonas de Sacrificio». En estas zonas, las leyes de protección ambiental y social son más laxas para permitir la acumulación de capital en el centro (turoperadores y grandes cadenas hoteleras con sedes en Madrid, Londres o Berlín). El territorio canario es «colonizado» por una lógica de ocio que no respeta los ciclos biológicos de las islas y su crecimiento natural. Cuando los artículos hablas de la «saturación» de los parques naturales, no estamos ante un problema de tráfico, sino ante la erosión de lo sagrado y lo comunitario. La tierra deja de ser el soporte de la identidad de un pueblo para ser el escenario de una experiencia de consumo efímera para el visitante.
La División Abisal y la Colonialidad del Trabajo
El sistema turístico en Canarias crea dos realidades paralelas que no se tocan. De un lado de la línea está el turista, cuya libertad de movimiento es total y cuya voluntad es ley. Del otro lado está el trabajador canario, cuya vida está marcada por la inmovilidad (no puede pagar un alquiler en su propia zona) y la servidumbre. Esta jerarquización del ser es puramente colonial: el habitante local es despojado de su derecho a la ciudad y al territorio para que el «sujeto global» pueda disfrutar de una utopía tropical diseñada a su medida. La gentrificación es la forma moderna de despojo territorial: no se necesita un ejército para desplazar a la población, basta con que el mercado inmobiliario se convierta en una extensión del mercado turístico.
Colonialidad del Saber y el Mito de la Dependencia
Los artículos periodísticos se mueven en la ambivalencia de reconocer el malestar pero mantener la idea de que el turismo es «el motor de nuestra economía». Esta es la Colonialidad del Saber. Se ha inoculado en el imaginario colectivo canario la idea de que sin este modelo extractivista las islas morirían de hambre. Es el «monocultivo mental». Esta narrativa impide que la sociedad imagine alternativas (soberanía alimentaria, energética o industrias creativas locales). Al presentar el debate como una elección entre «turismo masivo» o «pobreza», se ejerce una violencia epistémica que anula la capacidad de autogobierno de la población. Se reproduce este sesgo al citar a expertos que proponen «mejorar el modelo» en lugar de cuestionar su legitimidad misma. El pensamiento decolonial busca romper este mito, demostrando que Canarias no vive del turismo, sino que es el capital turístico el que se alimenta de la plusvalía social y natural de las islas.
La «Turismofobia» como Dispositivo de Control y la Resistencia
El término «turismofobia» aparece como una sombra en el relato de distintos artículos para describir la creciente conflictividad social. Desde la decolonialidad, el uso de etiquetas psiquiátricas o patológicas (como «fobia») para referirse a la disidencia política es un mecanismo clásico de opresión. Al llamar «turismofóbicos» a quienes protestan, se despoja de legitimidad a sus demandas: ya no son ciudadanos pidiendo justicia, sino «enfermos» u «odiadores». Sin embargo, lo que los artículos describen como «protestas» es en realidad una insurgencia,una lucha decolonial. Es la reclamación de la soberanía del cuerpo-territorio. Los movimientos sociales están realizando un ejercicio de «sanación decolonial» al reconectar con el valor de la tierra por encima del valor del dinero, desafiando la narrativa de que el destino de Canarias es ser el «balneario de Europa».
Hacia una Ruptura del Imaginario Colonial
La crisis social y del territorio no debe entenderse como un simple desajuste de gestión, sino como el agotamiento definitivo de una ontología colonial que ha regido el archipiélago durante siglos. La transición de las antiguas plantaciones de exportación al actual extractivismo turístico masivo no ha alterado la relación de fondo: Canarias sigue siendo tratada como un territorio-objeto al servicio de una acumulación de capital externa, mientras su población es reducida a una identidad subsidiaria.
Desde el pensamiento decolonial, la conclusión es clara: la solución no vendrá de una «gestión más eficiente» de la saturación, sino de una descolonización de la mente y del territorio. Esto implica tres movimientos fundamentales:
–Soberanía sobre el «Cuerpo-Territorio»: Es imperativo desplazar el capital del centro de las decisiones políticas para situar en él la sostenibilidad de la vida. Esto significa reconocer que el territorio canario tiene límites biofísicos que no pueden ser negociados por ninguna tasa de crecimiento del PIB. La «protección» no debe ser una concesión del Estado al mercado, sino una reafirmación de la soberanía local sobre sus bienes comunes.
–Desmantelamiento del Mito de la Dependencia: La decolonialidad exige romper con la narrativa de que Canarias es una región «huérfana» que solo puede sobrevivir sirviendo al exterior. Recuperar la soberanía alimentaria, energética, económica y cultural es el único camino para que el turismo deje de ser una estructura de dominación y pase a ser, en todo caso, un complemento decidido y controlado por las comunidades locales, bajo una lógica de intercambio y no de extracción.
–De la Servidumbre a la Ciudadanía Plena: El conflicto social actual es el síntoma de una población que se niega a seguir habitando la «zona del no-ser». La respuesta a las protestas no debe ser la criminalización bajo términos como «turismofobia», sino el reconocimiento de que la dignidad de la ciudadanía canaria es superior a la libertad de ocio del visitante.
El pensamiento decolonial nos invita a no intentar «arreglar» el modelo de plantación turística, sino a imaginar y construir otros mundos posibles donde las islas dejen de ser un balneario en venta para volver a ser un lugar donde la vida, en todas sus formas, sea lo único que no tenga precio.
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